Ahora que el corazón me late más rápido y mis manos bailan gritando silenciosamente que coja un papel en blanco, mi musa me susurra al oído lo que ha visto en tus ojos, perdidos quizás acariciando manos desconocidas cuyo tacto has perdido al final de cada uno de tus lienzos.
Te has desorientado en las mezclas acrílicas, en cada uno de los nuevos colores que has formado. Uno por cada sentimiento que se refugiaba en la lona, penetrando hasta el caballete. La parte oscura de todo esto, el traidor que se balancea cuando esbozas unas sonrisa y queda la última gota en el pincel, en tu último suspiro, en tu corazón.
Y todo esto es como un gran piano, en el que cierras tu visión con una última nota que ni tú conoces. Pides a gritos un acorde y esperas a la mañana siguiente hayan desaparecido las corcheas y las claves de sol que comenzaron este cuento riéndose de ti, mientras tu paleta de colores se seca y deja lo peor de si para la eternidad.
Y dime qué hacemos ahora que comienza una historia nueva y tienes miedo de elegir los colores. Deja que suene la música y la sinestesia se apodere de tus sentidos, de dulces incongruencias, de lo absurdo y tu desatinación muestre por fin la verdadera cara de este espejo, lo que me han susurrado al oído.